martes, 27 de diciembre de 2016

NIBIRU. Prólogo: Últimos Detalles



Despacho del profesor Gregorio Martínez.
Departamento de Prehistoria y Arqueología.
Facultad de filosofía y letras. Grado en Arqueología.
Campus de la Cartuja. Universidad de Granada. Granada. España.
15 de enero de 2016 - 10:22 a.m.

«La edad no perdona», pensó. El profesor Gregorio lo sabía de buena tinta. Sus huesos comenzaban a crujir con el paso del tiempo y la dura vida que había llevado hasta el momento lo ratificaba.
¿Cuántos días había pasado estudiando las antiguas tumbas faraónicas en Egipto?, se preguntó a sí mismo una vez más. «Centenares…» ¿Cuántas noches sin dormir explorando las ruinas Maya, sintiendo en su propia piel las inclemencias del tiempo? «Incontables…»
Había recorrido tanto mundo. Desde España a América del Sur. Desde América del Sur, al viejo continente europeo, centrándose en varios países, recogiendo pistas que le llevasen al culmen de su investigación. Años y años de estudio cuyo fin estaba cerca. Un fin que haría temblar los cimientos de la Ciencia, así como de la propia Iglesia. Había tantas cosas que la humanidad desconocía, y otras tantas que se ocultaban. Pero no había datos suficientes como los que él tenía. No, no por el momento, aunque eso estaba a punto de cambiar.
Gregorio se paseó por el despacho haciendo amplios movimientos con las manos mientas hablaba apresurado por teléfono. Su gesto pasaba de serio a sonriente en segundos mientras intentaba convencer a la persona que tenía al otro lado de la línea.
―Gracias por tu apoyo…, amigo.
Colgó el teléfono tras su larga conversación con el decano de la facultad y se dejó caer en la silla más que satisfecho. Estaba feliz, como un niño con un juguete nuevo; había conseguido fijar los últimos detalles antes de su viaje, después de varios meses trabajando en el proyecto. Cerrados todos los frentes, ya no había marcha atrás.
Giró la silla hacia la estantería que había a su espalda repleta de libros y archivadores amontonados y agarró uno que parecía más vetusto. De él extrajo su viejo cuaderno envuelto en cuero negro. Ese era el lugar secreto donde lo guardaba siempre que no podía llevarlo encima. Solía ser muy maniático para con su trabajo. Lo cuidaba como a su propia vida, en ocasiones incluso más. No tenía hijos, la vida no se los había regalado por más que lo intentara. Su mujer hacía ya veinte años que había fallecido, y con su marcha solo le quedó el sueño por el que cada día se levantaba. La mayor parte de sus pensamientos no estaban en sus recientes publicaciones ni premios, no, estaban en su cabeza y en aquel trozo de cuero y papel, el mismo que lo acompañaba desde que comenzara en su profesión y que le regalara su ya difunto padre.
Además del valor sentimental, por su contenido no debía caer jamás en malas manos, de lo contrario todo su trabajo podría irse al traste. No podía dejar que todos sus años de investigación cayeran en bando enemigo: prensa, revistas de arqueología o, lo peor de todo, en otros compañeros de profesión, en ocasiones peores que las pirañas, deseosos de apoderarse de aquel misterioso y ambicioso proyecto.
Lo depositó sobre la mesa, lo abrió y pasó las hojas, hojas cargadas de anotaciones, tachones y diversos dibujos. Siguió ojeando hasta llegar a una página en blanco donde se detuvo. Luego buscó en su maletín la pluma estilográfica, esa característica pluma de plata de tinta negra. Tenía la extraña manía de escribir siempre con ella en su diario, tal vez caprichos de la edad. El día que dejara de funcionar no se imaginaba qué haría. La sacudió un poco para remover la tinta y empezó a escribir. Tenía una caligrafía perfecta, cosa de lo que muchos no podían presumir.

15 de enero de 2016

El señor decano, Alonso Ramírez, ha accedido a financiar mi expedición tras meses de negociación y trámites burocráticos. Puedo citar con orgullo que mi viaje comienza mañana; la antigua ciudad de Mohenjo-Daro me espera después de mucho tiempo. Es hora de remover el pasado pakistaní, saber qué esconden aquéllas tierras y que es desconocido para el hombre.
Muchos arqueólogos piensan que esos suelos ya han sido, en su totalidad, excavados y que en ellos no queda nada por descubrir más que polvo, algo en lo que discrepo. Tal vez el motivo de este pensamiento se deba a que no han buscado en el lugar adecuado, o con la idea que yo sí tengo de qué puedo encontrar allí.
La vida pasa rápido, a veces demasiado. El tiempo apremia, es oro, y no puedo andarme con más rodeos si no deseo morir antes de hallar la respuesta a mis dudas.
Es posible que esta sea mi última expedición y espero cumplir mi mandato antes de que la muerte me alcance. No puedo ni debo desaprovecharla.

A continuación, cerró el diario. Lo guardó en su maletín junto a la pluma y se colocó su chaqueta y sombrero colgados en una percha de pie. Echó un último vistazo al despacho, y se dispuso a salir cuando llamaron a la puerta.
―¿Sí, quién es?
―¡Vamos, viejo gruñón, abre la puerta! ―dijo una voz cascada por el tiempo, al otro lado.
Gregorio puso los ojos en blanco, maldiciendo por lo bajo. Abrió la puerta.
―¡Vaya, creo que no soy muy bien recibido!
―¿Qué quieres, Antonio? No tengo mucho tiempo ahora.
Antonio se acicaló su largo y negro bigote y sonrió con un extraño aire de desdén. La rivalidad entre ambos profesores era bien conocida desde que ambos comenzaran en el mismo año a impartir clases. No era plato de buen gusto para Gregorio verle allí, teniendo en cuenta que el objetivo de su compañero era en todo momento pisar su trabajo y dejarlo por tierra, cosa que hasta el momento no había conseguido. La frustración de Antonio por no conseguir sobrepasar los muros de la facultad con sus investigaciones, al contrario que Gregorio, era el detonante de todo.
Antonio bajó la mirada hacia el maletín.
―Ya… veo. ¿Nuevo proyecto en mente?
―El mismo ―respondió Gregorio con brusquedad―. Tengo cosas que preparar. Si eres tan amable de hacerte a un lado…
―Oh, claro, claro. ¿Quién soy yo para interrumpir tu camino? ―Se hizo a un lado.
Gregorio se abrió paso y cerró la puerta del despacho. Se dispuso a bajar las escaleras, cuando la voz de su compañero lo volvió a detener.
―No defraudes al decano. ―Gregorio se giró, alerta. ¿Cómo sabía que había estado tratando con el decano?―. No me mires así. Todos sabemos que planeas algo con él.
―Eso no es de tu incumbencia.
―Cierto, cierto… ―Se apoyó en la pared, risueño―. En fin, que tengas mucha suerte, y cuidado con las maldiciones; uno nunca sabe en qué ruinas se esconden. No nos gustaría perderte.
―Ya te gustaría a ti…
Colocándose bien el sombrero, Gregorio le dio la espalda y bajó las escaleras dispuesto a que las palabras de envidia de aquella sabandija le hicieran el menor daño posible. Era la hora, el principio de una gran aventura le esperaba, ferviente e impaciente, y eso era en lo que debía ocupar su mente.

No hay comentarios:

Publicar un comentario